CHARLOTTE WESSELS + AMARANTHE + EPICA. Lisboa, Coliseu dos Recreios. (1/2/2026)
La lluvia caía con constancia sobre Lisboa, fina pero persistente, como si quisiera poner a prueba la devoción de quienes, paraguas en mano y entradas bien guardadas, aguardaban pacientemente ante las puertas del histórico Coliseu dos Recreios. Ni el frío ni la humedad lograron mermar el ánimo de un público que sabía que la noche prometía emociones fuertes dentro del marco de esta ambiciosa gira conjunta.

Charlotte Wessels – intimidad, elegancia y carácter
Puntual, a las siete en punto, Charlotte Wessels apareció en escena acompañada de su ya característico atril floral, un detalle casi ritual que parecía anticipar el tono emocional del concierto. Desde los primeros compases quedó claro que no venía a cumplir con el trámite de abrir la velada, sino a construir un espacio propio dentro de una noche dominada por grandes producciones. Su actuación, de unos cuarenta y cinco minutos, fue creciendo de forma orgánica, como una marea que avanza sin estridencias pero con firmeza: comenzó en registros íntimos, casi confesionales, donde cada palabra parecía pronunciada al oído del público, y fue evolucionando hacia momentos de mayor intensidad sonora, donde la electrónica, las guitarras y las dinámicas más contundentes tomaron protagonismo sin perder sensibilidad.
La banda respondió con precisión y elegancia, sosteniendo cada transición con solidez y dejando respirar las canciones cuando era necesario. Charlotte se movía con naturalidad, sin artificios, consciente de que su mayor fuerza estaba en la interpretación. Se la vio segura, serena y, sobre todo, disfrutando. Hubo constantes miradas cómplices con sus músicos, pequeños gestos de agradecimiento tras los aplausos y sonrisas sinceras que reforzaban esa sensación de cercanía poco habitual en recintos de este tamaño.
El público lisboeta respondió con una atención casi reverencial en los pasajes más delicados, rompiendo en ovaciones cuando la intensidad subía y las canciones se abrían en estribillos más poderosos. No fue una simple apertura de concierto: fue una invitación emocional que preparó el terreno para todo lo que vendría después. Charlotte no se limitó a abrir la noche; la templó, la humanizó y la llenó de una calidez que acompañaría al público durante el resto del espectáculo.

Amaranthe – espectáculo, precisión y exceso bien entendido
Confieso que llegaba con ciertos prejuicios, heredados de una visión más purista del metal. Pero basta con dejarse llevar unos minutos para comprender por qué Amaranthe arrastran multitudes. Tras el clima íntimo y contenido que dejó Charlotte Wessels, el Coliseu dos Recreios cambió por completo de registro con la entrada de Amaranthe. Desde los primeros segundos quedó claro que la banda sueca jugaba en otra liga estética y sonora: una puesta en escena pensada para el impacto inmediato, con una base electrónica poderosa, una iluminación muy medida y una maquinaria rítmica que no daba tregua. Cualquier prejuicio purista se desvanecía rápido una vez aceptadas sus reglas del juego: Amaranthe no buscan sutileza, buscan energía, precisión y un espectáculo directo al cuerpo. Lo suyo es una maquinaria perfectamente engrasada: tres voces que se alternan y sincronizan con naturalidad, una base instrumental sólida y una producción escénica que multiplica el impacto.
El engranaje vocal de tres frentes volvió a ser uno de los grandes pilares del concierto. Las voces se entrelazaban con una sincronía milimétrica, pasando del estribillo melódico al empuje más agresivo con naturalidad, mientras la banda sostenía una base instrumental sólida, musculosa y siempre en movimiento. Todo sonaba grande, pulido, casi quirúrgico, apoyado además por una importante sobreproducción de capas electrónicas y elementos pregrabados que reforzaban ese carácter futurista que ya es marca de la casa.
Uno de los momentos más celebrados llegó cuando Olof Mörck tomó el piano para introducir “Amaranthine”, aportando un breve respiro de elegancia antes de que el tema explotara en uno de los coros más coreados de la noche. Fue un instante que demostró que, detrás de la potencia constante, también hay espacio para el detalle y la sensibilidad.
Amaranthe se movieron con soltura, dominando el escenario sin excesos teatrales, pero con una actitud claramente orientada al disfrute colectivo. Cada canción parecía diseñada para mantener al público en alto, sin caídas de tensión, construyendo un bloque compacto de hits que funcionaron como un auténtico motor de adrenalina antes del plato fuerte de la noche. No buscan convencer al oyente clásico de metal; buscan que te dejes arrastrar. Y en Lisboa, lo lograron.

Epica – sinfonía, potencia y emoción compartida
Tres años después de verles en este mismo recinto, Epica regresaban a Lisboa con un espectáculo renovado. El cambio de escenario fue revelador: cuando terminó de transformarse y apareció la estructura de plataformas a distintos niveles, quedó claro que Epica no venían simplemente a tocar canciones, sino a construir un espectáculo con narrativa propia. Esa arquitectura escénica permitió un juego visual constante, dando protagonismo a cada miembro de la banda y, especialmente, a Simone Simons y Coen Janssen, que se movían entre alturas como si fueran piezas centrales de una ópera metálica en permanente evolución.
Desde los primeros compases, Epica sonaron imponentes, con ese equilibrio tan suyo entre grandiosidad sinfónica y contundencia metalera. La banda estuvo precisa, poderosa y muy conectada con el público, que respondió con una entrega absoluta. Hubo momentos de pura épica —valga la redundancia— en los que los coros y las orquestaciones parecían envolver por completo el Coliseu dos Recreios, convirtiendo el recinto en una auténtica catedral sonora.
Uno de los instantes más emotivos de la noche llegó cuando Simone invitó a Charlotte Wessels a unirse a ellos para interpretar “Sirens – Of Blood and Water”. La química entre ambas voces fue natural y elegante, y el público recibió la colaboración como un regalo inesperado, con una ovación que se prolongó más allá del último acorde.
Coen Janssen, con su ya habitual Nu-Motion, bajó incluso al foso de seguridad para tocar a escasos metros de los fans, rompiendo la barrera física entre banda y audiencia y reforzando esa sensación de comunión colectiva que marcó gran parte del concierto.
A diferencia de la gira de 2023 —más oscura, más densa en atmósferas—, esta etapa de Epica se percibe más luminosa y abiertamente sinfónica, sin perder en ningún momento la fuerza ni la energía que los caracteriza. Puede que algunos -yo-, echaran de menos piezas como “Abyss of Time – Countdown to Singularity”, pero lo que ofrecieron fue un espectáculo distinto, más amplio en matices, igualmente sólido y con una madurez artística evidente.
Epica no repitieron fórmula: la reinventaron. Y esta noche dejaron claro que siguen en un momento creativo y escénico de enorme altura, capaces de emocionar, sacudir y elevar al público en una misma noche.
Tres universos, una noche inolvidable
Lo vivido en Lisboa fue algo más que una sucesión de conciertos. Fue una narrativa bien construida: la introspección elegante de Charlotte Wessels, el despliegue arrollador de Amaranthe y la majestuosidad sinfónica de Epica. Tres formas de entender el metal moderno que, lejos de competir, se complementaron.
Mientras la lluvia seguía golpeando tímidamente el exterior del Coliseo, dentro se levantaba una tormenta de aplausos, coros y emociones compartidas. Una de esas noches que recuerdan por qué, pese a las inclemencias, siempre merece la pena hacer cola bajo el cielo gris cuando la música promete algo grande.






