VII ACEROCK - Mérida (Badajoz) 3 y 4 /10/2025
El Acerock es un evento con un formato mixto —entre festival y concurso— que, lejos de ser una rareza, ha encontrado su propio equilibrio. Tanto es así que este año ha alcanzado su séptima edición, consolidándose como una cita imprescindible para el rock y el metal extremeño. El festival se celebró en el Parque del Albarregas, con el majestuoso Acueducto de los Milagros como telón de fondo, un escenario incomparable que aporta a la música un aire casi ceremonial.
La primera jornada, el viernes 3, reunió a las cuatro bandas finalistas del concurso, que este año batió récords con 242 inscripciones. Sobre el escenario se sucedieron No Soul, Okultos, Koven y Mind Traveller, acompañadas por los veteranos Easy Rider, encargados de cerrar la noche con solvencia y experiencia. De esa jornada salió el nombre del grupo vencedor, Koven, que inauguró el escenario al día siguiente, bajo un cielo azul que parecía celebrar su triunfo.

Koven, Darkness Bizarre e Hijos de Overón
A pesar de su corta trayectoria, Koven mostró actitud y energía, defendiendo con fuerza su propuesta de metal melódico. Una pena que el público aún fuera escaso a esas horas, aunque en este tipo de festivales la asistencia suele fluctuar a lo largo del día. Tras ellos, los emeritenses Darkness Bizarre —una banda habitual en los eventos de la Asociación Acero— ofrecieron su potente heavy metal. Con más de dos décadas de historia y varias formaciones a sus espaldas, aprovecharon la ocasión para presentar a su nueva vocalista, que debutó con buena presencia y solvencia escénica.
El relevo lo tomaron los segovianos Hijos de Overón, formados en 2007 y fieles a un heavy/power metal de corte clásico. Su directo combinó fuerza, melodía y letras que alternan lo social con lo mitológico y lo épico, dejando una de las actuaciones más sólidas del festival.

Godark
A las ocho de la tarde, con la puesta de sol tiñendo de oro las piedras del Acueducto y un juego de luces que hacía aún más mágico el escenario, Godark tomaron el relevo. La banda portuguesa de death metal melódico salió con las ideas muy claras: conquistar al público en menos de una hora. Y lo lograron.
Personalmente, para mí fueron la banda de la tarde. Presentaron un repertorio sólido, con temas potentes, un sonido impecable y una propuesta tan cuidada como original. La combinación de guitarras afiladas, un teclado envolvente y una energía perfectamente medida devolvió al ambiente esa saudade metaleira tan característica del metal portugués. En algunos pasajes, inevitablemente, venía a la cabeza Moonspell —que me perdone la alcateia de Fernando Ribeiro y los chicos de Vítor Costa—, pero Godark tienen ya una identidad propia y plenamente reconocible.
Aprovecharon al máximo sus 50 minutos de actuación, repasando su EP de 2015 y su más reciente álbum de 2020, ambos con gran respuesta del público. Y aún hay más: en apenas un mes lanzarán su nuevo trabajo, “Omniscience”, del que pronto hablaremos con más detalle. Si mantienen este nivel, el futuro pinta brillante para los de Penafiel.

Opera Magna
Y si Godark no van precisamente sobrados de discografía, a la siguiente banda le sobran buenos discos y mejores canciones. Opera Magna saltaron al escenario con su habitual elegancia y abrieron con “Obertura 1895”, dejando claro desde el primer acorde por qué son una de las formaciones más respetadas del metal sinfónico español. La banda derrochó profesionalidad y conexión con el público: estuvieron comunicativos, cercanos y ofrecieron un espectáculo sólido, repleto de energía y virtuosismo.
Sin embargo, hubo un matiz que empañó ligeramente su actuación: la voz de José Broseta sonó un tanto baja y la afición no pudo disfrutarla en todo su esplendor. Si en el caso de Godark el sonido fue impecable y el de la banda posterior también, aquí se notó cierto desequilibrio que dejó un sabor agridulce. Pese a ello, la banda valenciana tiró de tablas y supo mantener el nivel en todo momento.
El repertorio fue una auténtica declaración de intenciones: tras “El momento y la eternidad” y “Heroica”, llegaron los temas más esperados por los fans. No faltaron el trío de corazones, “La muerte de un poeta” ni “El pozo y el péndulo”, clásicos incontestables que levantaron al público. Cerraron con “La herida”, una pieza que resume bien el espíritu de Opera Magna: épica, emoción y un dominio absoluto de la melodía.

Leo Jiménez
Y ya con una luna casi llena coronando el cielo emeritense y unas 3.000 personas impacientes frente al Acueducto, llegó el tito Leo. Se hizo de rogar unos minutos sobre el horario previsto mientras su equipo técnico ultimaba detalles, pero la espera mereció la pena. Cuando Leo Jiménez irrumpió en escena, lo hizo con una entrada espectacular y una energía desbordante, de esas que solo él sabe contagiar.
Durante casi hora y media no paró un segundo: se movió de un lado a otro del escenario, agitó la melena en interminables headbangings y demostró por qué sigue siendo una de las voces más poderosas y carismáticas del metal español. Arrancó con “Desde niño”, para seguir con “Volar” y “Soy libertad”, antes de adentrarse en tonos más graves y reflexivos con “La era de la individualidad” y “Mesías”.
El concierto tuvo de todo: emoción, nostalgia y épica. Hubo espacio para “Títere sin cabeza”, guiños a Stravaganzza, y una descarga de puro acero con tres trallazos de Saratoga, culminados por un “Vientos de guerra” que llevó al público al éxtasis. También hubo lugar para el recuerdo —con unas palabras dedicadas a quienes ya no están, a su abuelo— y para la esperanza, al ver entre el público a niños y adolescentes disfrutando del espectáculo.
Fiel a su estilo, Leo no dejó pasar el momento de su ya célebre provocación: “¿Hay algo más heavy que tocar…?”, preguntó al público, esta vez completando la frase con orgullo: “…bajo un acueducto romano”. Y bajo esa luna brillante, el cierre no pudo ser más redondo: un emotivo “Hijo de la luna”, seguido de “Llévame”, y finalmente “Es por ti”, con los que puso punto final a una noche memorable.
Estupendo Leo, estupendas todas y cada una de las bandas, y estupenda la Asociación Acero por hacer posible un evento como este y regalarnos dos jornadas inolvidables de rock y metal bajo las piedras milenarias del Acueducto de los Milagros. Una organización impecable, un público entregado y un entorno único que hacen del Acerock algo más que un festival: una verdadera celebración de la música y de la pasión que la mantiene viva año tras año.






